jueves, 11 de octubre de 2012

FALLA DE BANDIAGARA (LOS DOGÓN)

El paisaje rocoso proporcionado por la meseta y la garganta de Bandiagara es uno de los más impresionantes de África. Desde hace mucho tiempo es el hábitat del pueblo Dogón, que, en gran medida, ha sabido preservar su cultura tradicional y mantener un modo de vida propio, alentado por la observancia fiel de sus creencias tradicionales y el respeto a su arquitectura, en perfecta consonancia con el entorno. Casas, graneros, santuarios, altares, toguna y otras dependencias se realizan siguiendo unas normas estrictas, cuyo cumplimiento a lo largo del tiempo ha dado como resultado una de las concepciones más armónicas y peculiares del arte de la construcción.
El medio millon de componentes de este grupo se autodenominan Habe; se lo pusieron los musulmanes Peul y quiere decir "no creyentes" con respecto al Islam. La mayoría se inclina por fijar su antigua residencia en el país Mandé, al suroeste de Bandiagara, y otros en los aledaños del antiguo imperio de Ghana. La marcha hacia sus lugares actuales debió de obedecer o bien a una sequía en su hábitat antiguo, o a las presiones y persecuciones sufridas por parte de los pueblos vecinos islamizados. Aunque hoy día gran parte de la población dogón, sobre todo la que vive en las escarpadas pendientes de la falla, sigue conservando sus esquemas de vida tradicional, hay otra parte minoritaria, pero representativa, que ha aceptado el Islam, aunque con adherencias del legado tradicional dogón.
Al llegar a su enclave actual se encontraron una población autóctona, los Tellem; éstos convivían con otro pueblo aún anterior, los Pigmeos, que en las tradiciones se los denomina los "hombrecillos rojos". Al ser los Dogón un pueblo agricultor, comenzó la roturación de los bosques para extender sus cultivos, lo que provocó la marcha de los cazadores Pigmeos, habituados a vivir de los recursos cinegéticos de la selve. Sin embargo, los Tellem se quedaron y, a medida que fue pasando el tiempo, se mestizaron ambos pueblos y éstos se diluyeron en el colectivo Dogón.
Para este pueblo todo gira en torno a sus ideas cosmogónicas y religiosas, y su reflejo se halla presente en casi todas las manifestaciones materiales de la vida doméstica y social. Las viviendas, o ginna, tienen la forma del cuerpo humano y cada dependencia hace referencia a una de las partes del mismo: la entrada, que da acceso a un recinto rectangular donde se duerme, representaría las piernas; el patio que se abre a continuación simbolizaría el vientre y el tronco; los dos graneros que se levantan a los lados serían los brazos; la cocina la forma circular que cierra la casa vendría a ser la cabeza. Todas las cubiertas se hacen en forma de terraza y se emplean como secaderos o para dejar algún objeto inservible.


También tiene un sentido mítico-religioso especial la toguna, o Casa de la Palabra, donde se reúne el consejo de ancianos para tratar los asuntos de la comunidad. Su planta se delimita por ocho pivotes de madera rematados en horquilla, que sostienen potentes vigas para soportar un grueso techo de cañas de mijo y paja de arroz. La disposición de estos soportes, que recuerdan a las cuatro parejas de los antepasados, se orientan según los puntos cardinales y, a veces, aparecen adornados con sus efigies y otros relieves. La techumbre baja sólo permite que en su interior se pueda permanecer sentado; la explicación que se da a este hecho es que los ancianos, si tienden a levantarse en el calor de las discusiones, se golpeen con el techo y vuelvan a sentarse en su lugar, conservando la calma y la compostura que siempre deben tener.


Cada poblado está dirigido por un consejo de ancianos a cuyo frente se sitúa el hogon, personaje al que se le atribuye una cierta aureola de espiritualidad y poderes rituales. El hogon que preside el cantón es el encargado de dirigir el culto a los antepasados y de cuidar el santuario donde se guardan las máscaras sagradas que, normalmente, ocupa alguna de las abundantes cavidades que contienen las paredes de la falla. También se emplean estas oquedades como lugares de enterramiento y, cuando se encuentran a gran altura, los hbres deben subir al muerto valiéndose de cuerdas y recurriendo al método de la escalada sobre la pared, en la que muestran una gran destreza y habilidad. Al muerto se le entierra con la manta que úso durante su vida y los funerales que por él se hacen se convierten en celebraciones festivas, amenizadas por diversas danzas cuyos participantes llevan máscaras.
La ocupación principal de los Dogón es la agricultura; Bandiagara en dogón significa "gran plato de comida", y hace referencia a la disposición del terreno y a la forma de cómo se han ubicado los cultivos. Son unos expertos agricultores de mijo, y últimamente ha experimentado un gran auge la explotación de la cebolla, que en algunas partes se ha convertido casi en un monocultivo. Los graneros son de planta cuadrangular, cuyas paredes se estrechan a medida que van tomando altura; se cierran con techo cónico de paja y, ordinariamente, se abre una ventana cuadrada cerca del techo y otras dos más pequeñas en el tercio inferior. La existencia en los mismos de tres pares de palos cruzados significa que se trata de un granero masculino, que hace realmente las funciones de silo; cuando la construcción es pequeña y sólo tiene un par de palos se denomina incorrectamente granero femenino, porque sirve para guardar los efectos personales de la mujer.



El arte dogón es extenso, de una belleza singular y está impregnado de las ideas mítico-religiosas que aparecen en todas las circunstancias de su vida. El nacimiento de las máscaras está estrechamente relacionado con la aparición de la muerte: cuando Atanu insultó a los humanos que  le descubrieron en plena transformación, éstos, para prevenirse de una posible venganza, hicieron una máscara serpentiforme conocida como Iminama; contiene el nyama , o primera alma humana, y es guardada en lo más secreto del santuario. Preside la fiesta del Sigi, que se celebra cada sesenta años en medio de grandes ceremonias religiosas y festejos lúdicos. Durante la misma se escoge a los miembros que serán los encargados de mantener el culto a los antepasados y que tendrán derecho ahonras fúnebres especiales con la presencia de la Iminama. Otra máscara importante es la denominada Casa de los pisos, cuya altura es considerable y simboliza, al parecer, la casa del hogon o la visión cosmogónica propia de este pueblo. En total, los Dogón suelen utilizar unas ochenta máscaras diferentes.


Las estatuillas son representaciones de los nommos, o espíritu de los antepasados; reciben un culto habitual para pedir fertilidad, obtener buenas cosechas y alejar las enfermedades. También los objetos domésticos gozan de un cuidado estético especial; sobresalen sus copas rituales adornadas con incisiones geométricas y los relieves de todo género que embellecen puertas y ventanas. En la mayoría de los casos aparecen los nommo, y se presentan escenas vinculadas a los diversos mitos o se reflejan simplemente los quehaceres de la vida diaria. En todas estas manifestaciones artísticas hay muchas reminiscencias de la plástica Tellem y del signo inconfundible del artista, que es el herrero. El resultado de todo son unas composiciones de estilo rectilíneo en las que se busca más una distribución equilibrada de los volúmenes que la ejecución del detalle.


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